
Cómo procesar el duelo cuando la pérdida se vuelve parte de la vida: Un tributo a Venezuela y a quienes aún están aprendiendo a sanar.
Cuando la pérdida se vuelve parte de la vida, aprender cómo procesar el duelo muchas veces queda en segundo plano, ya sea porque no sabemos cómo atravesarlo; otras, porque las circunstancias no nos permiten detenernos para vivir las reacciones naturales del cuerpo. En muchos casos, simplemente porque nadie nos enseñó qué significa perder algo importante ni a reconocer las reacciones naturales que pueden surgir después de una pérdida: el proceso del duelo.
En este artículo exploraremos brevemente los dos tipos de pérdidas que podemos experimentar y algunas de las reacciones naturales que pueden surgir después de vivirlas. Aunque tomaré a Venezuela y a los venezolanos como punto de partida para rendir homenaje a las pérdidas que hemos atravesado —y que muchos seguimos atravesando—, mi deseo es que puedas reconocer tu propia historia en estas palabras, cualquiera que sea la pérdida que te haya tocado atravesar.
Primero que nada, quiero mencionar que las pérdidas de cualquier índole involucran una pérdida PRINCIPAL o grande y múltiples pérdidas SECUNDARIAS o pequeñas que se desencadenan como efecto dominó de la pérdida PRINCIPAL o grande. Cuando perdemos algo importante, rara vez perdemos una sola cosa, ya que cada pérdida importante suele traer consigo decenas de pérdidas más pequeñas e invisibles que cambian nuestra manera de vivir.
Los venezolanos dentro y fuera del país—incluyéndome—hemos estado durante décadas en una especie de duelo permanente producto de vivir en una constante pérdida tras otra. Esto ha provocado, en muchos casos, la dificultad para procesar los duelos atados a cada pérdida y por ende ha desencadenado una serie de consecuencias negativas para la salud mental y física de los venezolanos; a pesar de no seamos conscientes de ello. En este sentido, no sólo ha sido la pérdida PRINCIPAL de cosas materiales o de seres queridos exiliados, desaparecidos, encarcelados o muertos. Sino también, las pérdidas SECUNDARIAS más pequeñas e invisibles que están asociadas a la pérdida PRINCIPAL. Pérdidas como la capacidad de elegir, pérdida de la fe y la esperanza de una mejor calidad de vida tras reinventarse una y otra vez, pérdida de la capacidad de expresarse y denunciar libremente las injusticias o el abuso, pérdida del futuro que esperaban o habían planeado para ellos y su familia, pérdida de la confianza, etc.
La pérdida conlleva reacciones que, aunque pueden sentirse como indeseadas, son completamente normales como una reacción natural del cuerpo humano. Todas esas reacciones forman parte de lo que se le llama “el duelo” y es un diseño perfecto del cuerpo que nos lleva a procesar nuestras pérdidas, en formas como: la intensidad y duración de las emociones, tener cambios en el estado de ánimo, juzgar nuestros propios sentimientos asociados tanto a la pérdida como a los estados anímicos. También, incluyen síntomas físicos, reacciones psicológicas y emocionales.
Pero, ¿qué pasa cuando una persona ha NORMALIZADO las pérdidas y no tiene la capacidad —por estar en modo superviviente o desconocimiento— de hacer consciente el duelo para procesarlo de forma consciente?
Pues que se desencadenarán una serie de reacciones emocionales, conductuales y físicas como consecuencia de no procesar el duelo de la pérdida. Muchas veces las personas buscan ayuda únicamente cuando aparecen síntomas físicos y en ocasiones esos síntomas reciben atención, mientras que el duelo que pudo haber contribuido a ellos permanece sin ser reconocido. Así mismo, no todas las pérdidas tienen un funeral. Muchas pasan desapercibidas porque nadie las reconoce como pérdidas. Sin embargo, el cuerpo sí las reconoce y también necesita hacer duelo por ellas.
El mayor problema no es solo la pérdida; es cuando la pérdida se vuelve tan frecuente que dejamos de reconocer que seguimos haciendo duelo.
Como muchos venezolanos, yo también tuve que despedirme de la vida que imaginé. Durante mucho tiempo pensé que lo único que debía hacer era seguir adelante, adaptarme y ser fuerte. Solo con los años y los desencadenantes de mi cuerpo comprendí que también estaba viviendo un duelo, que muchas de mis pérdidas nunca habían tenido un espacio para ser reconocidas y que el cuerpo recuerda las pérdidas que la mente aprendió a ignorar.
Sanar no siempre significa olvidar; muchas veces significa reconocer aquello que nunca tuvo permiso de ser llorado. Por ello, si esto resonó contigo, quisiera invitarte a reflexionar con la siguiente pregunta:
¿Qué parte de tu historia todavía necesita ser llorada?
Ahora bien, también tenemos que comprender que no existe una forma correcta o incorrecta de reaccionar ante una pérdida, ya que cada persona procesa la situación de manera diferente de acuerdo a su propia historia personal, a su percepción de la pérdida y a la naturaleza de la pérdida. Sin embargo, puede que sea fácil juzgar nuestras propias reacciones, pues podemos llegar a creer que no son “normales” o porque otros nos las digan. Tampoco existe un plazo determinado que se considere “normal” para vivir el duelo o la intensidad de dicho duelo, ya que cada persona lo procesa de forma distinta.
Por lo que, si has pasado por una pérdida, por más pequeña o insignificante que sea, observa y trata de no invalidar las reacciones diferentes que has tenido después de ello, tales como: tristeza, ira, culpa, hiperactividad—reacciones emocionales; dificultad para concentrarse o para pensar con claridad, querer estar aislado—reacciones conductuales; alteraciones del sueño o de la alimentación, fatiga, inflamación—reacciones físicas. Recuerda, esas reacciones son respuestas normales del cuerpo procesando el duelo de la pérdida; es decir, estás en la etapa del duelo.
Tú vives tu duelo a tu propia manera. Nadie vive el duelo igual que otra persona, aún cuando hayan vivido la misma pérdida, como el fallecimiento del mismo padre o tengan muchas similitudes en la pérdida.
Por esa razón, no sientas que estás haciendo algo mal en tu duelo si este no “encaja” con la forma de vivir el duelo de alguien más, inclusive el de tu familia, amigo o vecino. Tu duelo es tuyo. ¡Y tu proceso de vivirlo es único!
Que nunca normalicemos tanto las pérdidas como para olvidar que también merecen ser lloradas. Porque solo aquello que se reconoce puede comenzar a sanar.
Con amor Sarah,
“Porque solo aquello que se reconoce puede comenzar a sanar.”
